Riobóo-Lois, Verde-Diego y González-Rodríguez / Descubrir fortalezas para generar compromiso político:
tarea pendiente del Trabajo Social
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imprescindible problematizar y, sobre todo, politizar los problemas individuales de las
personas, sean estas quienes sean, pues a nadie se debe cohibir, a nadie se debe
prohibir, y a nadie se debe silenciar para la práctica política como sujeto político de sí
mismo y su comunidad.
Así pues, podemos apoyarnos en la teoría de la acción cultural dialógica de Freire
(2012), basada en la colaboración, la unión para la liberación, la organización y la
síntesis cultural, conceptos que abordaremos brevemente. Mediante este postulado
podremos garantizar que el “sentido pedagógico, dialógico, de la revolución que la
transforma en revolución cultural” está presente en todo el proceso, pues de esta forma
se evitaría “la institucionalización del poder revolucionario o su estratificación en una -
burocracia- antirrevolucionaria” (p. 140). Por este motivo, como profesionales debemos
tener “una actitud de acompañamiento, entendido como proceso que fomente la
comunicación y el diálogo (…), situarse en un marco circular y sistémico” (Palomeque,
2014, p. 25). Sólo así, a través de nuestra actuación junto con las personas, seremos
capaces de legitimar nuestra práctica en el día a día de cara a ellas. Sólo mediante la
coherencia entre lo dicho y lo hecho, seremos quien, de recabar el respeto y el espacio
como acompañantes de sus procesos, pues no hay que olvidar que seguiremos teniendo
nuestros vínculos institucionales lo que, sin quererlo, nos posiciona en niveles diferentes.
Hacer el esfuerzo permanente por neutralizar dichas diferencias, se consigue a través
del reconocimiento del otro y de sus capacidades, y del reconocimiento de nuestro poder
y su uso en positivo, cediéndolo y traspasándolo a quienes se ven sin él y no al revés,
siendo las profesionales del trabajo social la voz de las personas desposeídas de ella.
De esta forma, gracias a la colaboración y la cooperación tras la puesta en común de
sus intereses colectivos, tanto profesionales como las personas a las que acompañamos
coincidimos en que no existe un sujeto dominador, sino una reunión de diferentes
individuos para transformar el mundo. Es posible que, en determinados momentos, las
personas en situación de subalternidad no muestren inicialmente sus capacidades, tal
como hemos argumentado, pero cuando son conscientes de su situación se abre la
puerta hacia su propio protagonismo. Es preciso ser especialmente cautelosas de
abandonar el liderazgo temporal que asumimos como profesionales, pues como bien
advierte Freire (2012) “la adhesión conquistada no es adhesión, es sólo adherencia del
conquistado al conquistador a través de la prescripción de las opciones de este hacia
aquel” (p. 171). Así pues, debemos “aumentar el poder y la influencia de las personas
para las que trabajamos, evitando dependencias y cronicidades” (Palomeque, 2014, p.
24).
Mediante la unión para la liberación, hay que ser conscientes en todo momento de
las dificultades existentes al estar bajo el influjo del poder dominante, quien ejercerá
toda su influencia para evitar cualquier unión popular que pueda perjudicar sus
intereses. Nuestra función es unir a las diferentes personas y colectivos entre sí, a la vez
que generar un vínculo entre el conjunto y nosotras, lo que Freire (2012) denomina una
comunión. Para ello, es necesario facilitar el porqué y el para qué de su paso colectivo,
ya que no valen los eslóganes vacíos de contenido. Tampoco debemos separar “lo
cognoscitivo de lo afectivo y de lo activo, pues son indisociables” (p. 177).