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Julio-Diciembre 2022
Vol. 12 No. 2
Riobóo-Lois, Verde-Diego y Gonlez-Rodríguez / Descubrir fortalezas para generar compromiso político:
tarea pendiente del Trabajo Social
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Interacción y Perspectiva Dep. Legal pp 201002Z43506
Revista de Trabajo Social ISSN 2244-808X
Vol. 12 No2 150-167pp. Copyright © 2022
Julio-diciembre
ENSAYO
Descubrir fortalezas para generar compromiso político: tarea pendiente del
Trabajo Social/DOI: 10.5281/zenodo.7114605
Breogán Riobóo-Lois *, Carmen Verde-Diego ** y Rubén González-Rodríguez ***
Resumen
Este trabajo pretende proponer una estrategia de intervención que permita a la disciplina
mirar de igual a igual a quienes se encuentran en situaciones de vulnerabilidad,
detectando y potenciando sus fortalezas para posibilitar sus propios proyectos de vida.
Se ha realizado tras una extensa revisión bibliográfica de la producción epistemológica
en Trabajo Social. La globalización neoliberal capitalista y patriarcal impregna el día a
día de la disciplina provocando que, por influencias institucionales o por falta de criterio
o compromiso con aquellas personas a las que realmente servimos, la profesión se suma
en una depresión de la que debe emerger. A tal efecto, se presenta un recorrido de
cuatro etapas que permitirá recobrar el compromiso político que, como disciplina, nunca
se ha debido olvidar. Lo político se hace cada vez más social y el Trabajo Social debe
reconectarse con las personas a las que sirve debiendo: 1) comprometerse, con las
personas y colectivos más vulnerables; 2) resituarse, identificando a quién sirve
realmente, acompañar sus procesos de cambio y facilitar sus proyectos de vida; 3)
descubrir, facilitar y potenciar sus fortalezas y sus propios liderazgos contribuyendo a
que puedan 4) colaborar, unir y (auto)organizarse. Este trayecto permitirá acompañar
procesos de (auto)liberación de las opresiones sufridas y de constitución como sujetos
políticos, avanzando desde la conciencia política a la organizativa. Mediante la
organización de diferentes fortalezas de la diversidad interna de una comunidad se
adquirirá mayor capacidad política, que permita una acción transformadora de la
sociedad desde, por y para la propia comunidad.
Palabras clave: trabajo social crítico; neoliberalismo; fortalezas; rol profesional;
compromiso político.
Abstract
Discover strengths to generate political commitment: a pending task of Social
Work
This work aims to propose an intervention strategy that allows the discipline to look
equally at those in vulnerable situations, detecting and enhancing their strengths to
enable their own life projects. It has been carried out after an extensive bibliographic
review of the epistemological production in Social Work. Capitalist and patriarchal
neoliberal globalization permeates the day-to-day discipline, causing that, either by
institutional influences, or by the lack of judgment or commitment to those we actually
serve, the profession adds up to a depression from which it must emerge. To this end,
there is a four-stage journey that will allow the recovery of the political commitment
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that, as a discipline, has never been forgotten. The political aspect becomes more and
more social. Social Work must reconnect with the people it serves, having to: 1) commit,
to the most vulnerable people and groups; 2) relocate yourself, identifying who you
really serve and accompanying their processes of change and facilitating their life
projects; 3) discover, facilitate and enhance, both their strengths and their own
leadership helping them to 4) collaborate, unite and (self)organize. This journey will
allow to accompany processes of (self)liberation from the oppressions suffered and
constitution as political subjects, advancing from political consciousness to
organizational. By organizing different strengths of a community’s internal diversity,
greater political capacity will be acquired to enable transformative action by society,
from, by and for the community itself.
Keywords: critical social work, neoliberalism, strengths, professional role, political
commitment
Recibido: 02/04/2022 Aceptado: 12/09/2022
* Contratado predoctoral FPU20/06120 (Ministerio de Universidades, Gobierno de España). Grupo de estudos
en Traballo Social: Investigación e Transferencia (GETS-IT), Universidade de Vigo, Campus As Lagoas s/n,
32004 Ourense, España. e-mail: arioboo@uvigo.es | https://orcid.org/0000-0002-7293-1694
** Profesora titular de universidad. Doctora por la Universidad de Santiago de Compostela. Grupo de Estudos
en Traballo Social: Investigación e Transferencia (GETS-IT), Universidade de Vigo, 32004 Ourense, España.
e-mail: carmenverde@uvigo.es | https://orcid.org/0000-0001-7109-4321
*** Profesor contratado doctor. Doctor por la Universidad de Santiago de Compostela. Grupo de Estudos en
Traballo Social: Investigación e Transferencia (GETS-IT), Universidade de Vigo, Campus As Lagoas s/n, 32004
Ourense, España. e-mail: rubgonzalez@uvigo.es | https://orcid.org/0000-0003-1806-1103
1.- Introducción
El siglo XXI ha facilitado ejemplos de (auto)organización colectiva ante diferentes
eventos que sacudieron nuestras sociedades como las movilizaciones del Nunca Máis en
Galicia (2002) contra la contaminación medioambiental por petróleo o la ola pacifista del
No a la Guerra (2003). Sin duda, brotes de una lucha colectiva ante un sistema que no
tiene como prioridad a las personas. Asimismo, alrededor del planeta les siguieron otras
movilizaciones como: la Primavera Árabe, el 15-M español, o la Red Women’s March y
el Black Lives Matter, ambos en Estados Unidos (Martínez-Palacios, 2018).
Entre tanto, en septiembre de 2008, se desmoronó Lehman Brothers generando una
onda expansiva en la especulación financiera global con un gran efecto destructivo,
acompañado de una aparente falta de capacidad de los gobernantes para entender el
momento histórico. Con contadas excepciones, ningún dirigente se dirigió al pueblo
como un interlocutor legítimo, como si éste no fuese capaz de comprender la situación.
Al mismo tiempo, buscaban situar la responsabilidad de lo ocurrido en el propio pueblo,
que vivía por encima de sus posibilidades.
Como resultado, esta circunstancia situó a un amplio número de personas en los
márgenes del sistema, transitando en las fronteras de nuestras sociedades (Arambarri,
2002); sin poder identificarse y auto-afirmarse como sujetos políticos, con posibilidad
de acción y participación en la toma de decisiones, ya fuese directa o indirectamente a
través de representantes democráticamente elegidas. Estos movimientos de indignación
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reafirmaban que lo social es político y que lo político necesitaba volverse cada vez más
social, a lo que Thiong’o (2017) añade los aspectos culturales, que son indisociables de
los políticos y los económicos. Desde entonces, aparecen diferentes reacciones frente al
avance neoliberal que, sin embargo, parecen incentivarlo como muestra el ascenso de
las ultraderechas. Pareciera que ha finalizado la tregua sellada tras la Segunda Guerra
Mundial entre capitalismo y democracia (Vallés y Ballart, 2012).
Por su parte, el Trabajo Social no es ajeno a dichas reacciones como muestra, por
ejemplo, el surgimiento de la Marea Naranja en España, posicionándose junto con la
ciudadanía en la defensa de sus derechos sociales (Ioakimidis, Cruz y Martínez, 2014;
Verde-Diego, 2016).
De ahí que, pasada una década desde el surgimiento de este movimiento, se
proponga una estrategia de intervención en cuatro etapas a través de las que,
entendemos que la praxis profesional del Trabajo Social debe transitar en su quehacer
diario. Se trata de un camino para los traficantes de posibilidades (Arambarri, 2002) en
una sociedad quida (Bauman, 2006) de constantes interacciones donde el Trabajo
Social debe aprender, actualizarse y nadar contra la corriente del sistema si éste
perjudica a las personas a las que, en última instancia, acompañamos en tanto que
profesionales en sus proyectos vitales.
Consecuentemente, es preciso comprometerse con aquellas personas que el sistema
sitúa al margen, en las fronteras de riesgo para mismas. Después habrá que resituarse
profesionalmente, poniendo a dichas personas en el centro, pues nuestros saberes y
conocimientos no deben impedir el desarrollo y la potenciación de los suyos propios, en
línea con la última definición global del trabajo social (Verde-Diego, 2019). A
continuación, deberemos descubrir y potenciar los saberes y capacidades de estas
personas facilitando que ocupen los espacios que les corresponden, constituyéndose
como sujetos políticos de pleno derecho. Cada etapa del camino permitirá fomentar la
colaboración y la unidad de acción entre estas personas, favoreciendo su
(auto)organización en la búsqueda de exigir y dar solución a sus demandas
2. Reflexión teórico-conceptual
2.1. Comprometerse
El Trabajo Social ha de posicionarse de forma clara, decidida y comprometerse
políticamente, pues la política es el “proceso por el que las comunidades persiguen
objetivos colectivos y abordan sus conflictos (…) con el objetivo de alcanzar soluciones”
(Sodaro, 2006, p. 1). Para contribuir a la mejora de las condiciones de vida de las
personas y comunidades es imprescindible que sus demandas adquieran relevancia
política, pues es en el tablero político donde se dilucidarán, de ser el caso, las soluciones
a los conflictos planteados. Se trata de incidir en que:
El objetivo general del Trabajo Social se sitúa en un proceso que, desde el
respeto y la promoción de la autonomía y ambientando los recursos personales,
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del contexto e institucionales, se orienta hacia la facilitación del acceso a los
recursos de los individuos-grupos-comunidades que plantean demandas o
carencias socialmente reconocidas de responsabilidad pública (De la Red, 1993,
p. 151).
Enfatizamos, subrayando con cursiva, que el Trabajo Social desde el respeto y la
promoción de la autonomía actúa sobre, con o para las demandas sociales,
especialmente, las de responsabilidad pública. Sin embargo, también es vital
comprometerse con la facilitación del reconocimiento de nuevas demandas que, de
momento, no han sido articuladas como derechos de ciudadanía. Esto puede deberse al
poco interés del sistema en hacerlas aflorar, a la falta de mecanismos que las apoyen, o
a la falta de autoconfianza en las propias capacidades para articularlas desde los
márgenes del sistema. No obstante, Concepción Arenal, primera “trabajadora social” en
España, lo puso en práctica consiguiendo la mejora del sistema penitenciario.
También Ander-Egg (1996) identificaba diferentes funciones del Trabajo Social como
ejercer de educadores informales, animadores, facilitadores, movilizadores y
concientizadores. Por lo tanto, es necesario un compromiso profesional ético-político con
las personas que transitan en esos márgenes de los sistemas que los dominan. Con ello
nos referimos a la facilitación del acceso a los ámbitos de participación social, el estímulo
a la creación de nuevos canales y formas de participación, la transferencia de tecnologías
sociales, por las que el saber experto se pone al servicio de la gente para la que trabaja,
de tal forma que pueda potenciar sus capacidades.
Así pues, lo que se propone es un camino que nos conduce a proyectos profesionales
no instrumentales (Zamanillo, 2012), donde prime el intercambio y no el cambio. Unos
proyectos asentados sobre un desarrollo humano acompañado, mediante el cual
abordamos la relación con las personas de forma dialógica, centrándonos en sus
capacidades y con su emancipación en el horizonte. Dicho de otro modo, no es suficiente
hablar de autodeterminación, participación o emancipación, debemos comprometernos
no sólo a dialogar sobre ello, sino respaldarlo desde la teoría y en la práctica profesional,
por lo que debemos ser conscientes de los elementos implícitos en el Trabajo Social
relacionados con el poder y el control sobre dichas personas. Por consiguiente, hemos
de enfrentarnos a la dicotomía entre jerarquía u horizontalidad para ser capaces de
entablar atenciones de igual a igual. De este modo, garantizamos no entrar en
contradicción con habernos comprometido en ser un elemento facilitador de la
emancipación (Zamanillo, 2012).
En la actualidad, rota la tregua entre capitalismo y democracia, la esencia destructiva
del primero (Klein, 2007) provoca que ya no le valgan las democracias que abrazan el
neoliberalismo. Para continuar con su escalada acumulativa algunas democracias, cada
vez más, han dejado de ser el viejo aliado afable. Concretamente, al neoliberalismo no
le llega solamente con dominar desde los despachos a los gobernantes elegidos por el
pueblo, sino que se lanza a la carrera electoral con arcaicos valores y resucitando ideas
defenestradas hacía tiempo en sus territorios. Ejemplos paradigmáticos los encontramos
con Donald Trump en Estados Unidos, Jair Bolsonaro en Brasil, Andrzej Duda en Polonia
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o Viktor Orbán en Hungría. No obstante, la ruptura del pacto social establecido tras la
Segunda Guerra Mundial es un tema muy amplio que escapa al propósito de este trabajo.
En todo caso, el objetivo del neoliberalismo es “imponer un relato en el que la
responsabilidad del colapso no sea del propio sistema, sino de otra serie de contingencias
menores” (Žižek, 2012, p. 11). Bajo esa premisa, el problema no es que las potencias
mundiales exploten, gracias al neoliberalismo, los recursos naturales de los países del
sur, incluso propiciando guerras que facilitan un acceso más rápido y asequible, dejando
a sus respectivos pueblos en la ruina, la precariedad y la pobreza. Por el contrario, el
problema estaría, según Donald Trump, en que los migrantes son masas tumultuosas
que sólo pretenden arrasar el país al que se dirigen; ni mencionar que se desplazan en
busca de una vida digna. Esto es, que las personas puedan, siquiera, pensar o soñar con
una vida mejor no merece su atención. Por lo cual, las consecuencias que esas personas
padecen debido a las decisiones de los vecinos ricos y poderosos del norte no se tienen
en cuenta, no se valoran y sólo constituyen números de una balanza comercial. En su
día, hubo quien se refirió a dichas consecuencias como daños colaterales, en referencia
a cientos de miles de civiles fallecidos en las guerras de Irak (2003-2011) y Afganistán
(2001-2021).
Cualquier lucha popular que pretenda ser transformadora no puede ceñirse a
combatir las consecuencias del capitalismo. Es necesario confrontar el neoliberalismo en
su conjunto como un todo ideológico cohesionado que se reproduce ad infinitum con
importantes implicaciones para el Trabajo Social, especialmente la mercantilización, el
gerencialismo y el consumismo (Ferguson, 2016). En nuestra opinión, la disciplina debe
ir de la mano de dichas luchas, comprometerse con ellas. Por lo tanto, evitar esa
reproducción pasa por una acción individual y coordinada desde la disciplina, ser capaces
de dotar a quienes hoy en día no la tienen, de la capacidad suficiente mediante la
potenciación de sus fortalezas, para que se constituyan como sujetos políticos en
mismos y con sus comunidades. Igualmente, se trata de alcanzar una justicia global,
concepto muy ligado al de álter globalización, que es el contrapunto al neoliberalismo
que vivimos. Un tipo de globalización diferente donde el sistema pueda favorecer los
intereses de las minorías, no como viene ocurriendo hasta ahora (George, 2005).
2.2. Resituarse
Constantemente observamos situaciones que vulneran los derechos de las personas,
sumidas en una especie de ilusión democrática que nos lleva a pensar que estamos en
una democracia como tal, mientras la realidad nos muestra otra cosa totalmente
diferente (Žižek, 2012). Dónde miremos, la involución democrática avanza: la
indiferencia que provocan en algunas esferas de poder y en ciertos poderes judiciales
las violaciones grupales y la violencia estructural del patriarcado hacia las mujeres;
asesinatos por indolencia y omisión de socorro por parte de la Unión Europea en el mar
Mediterráneo; o encarcelamientos de líderes sociales y políticos que defienden la
capacidad de sus pueblos para autodeterminarse. Son sólo algunos ejemplos que
merecen un breve análisis.
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En primer lugar, hablar de demandas no articuladas socialmente que pueden florecer,
bien podría llevarnos a la cuestión de la autodeterminación de los pueblos, hecho
controvertido por el que diferentes Estados han sacralizado su normativa interna. Uno
de ellos es España, que justifica la prohibición en lo recogido en el artículo 2 de la
Constitución Española de 1978: la “indisoluble unidad de la Nación española, patria
común e indivisible”. En cambio, nunca se hace referencia al artículo 10.2 que indica que
el ordenamiento jurídico se interpretará de conformidad con la Declaración Universal de
Derechos Humanos y los tratados y acuerdos internacionales que España ratifique, entre
los que se encuentran el Pacto Internacional de los Derechos Civiles y Políticos y la Carta
de las Naciones Unidades. En el primero, las Naciones Unidas (1966) recogen en el
artículo 1.3 que “promoverán el ejercicio del derecho de libre determinación”, teniendo
en especial consideración lo ratificado por las propias Naciones Unidas (1945) en el
segundo de los documentos. En él, se hace hincapié en el artículo 1.2 sobre el “respeto
al principio de la igualdad de derechos y al de la libre determinación de los pueblos”. Así
pues, desde la profesión debemos replantearnos nuestros compromisos, ¿son con las
personas y las comunidades para las que trabajamos o con instituciones parapetadas
tras normativas contradictorias?
En segundo lugar, la situación de millones de personas refugiadas y migrantes en lo
que tiene que ver con Occidente y, especialmente, con Europa es bochornosa. Las
migraciones se deben a diferentes motivos y circunstancias sociales, políticas, culturales
o incluso identitarias (Naïr, 2016), entre otras, pero hoy en día la principal causa de los
movimientos migratorios forzados es el capitalismo del desastre, que pasa por encima
de personas y comunidades enteras siguiendo su senda acumulativa. De hecho, nos lleva
a ser cómplices de miles de muertes en el mar Mediterráneo, de personas abocadas a la
emigración por conflictos, muchos originados por occidente, y llegando mismo a
obstaculizar la colaboración de entidades que llevan años rescatando personas de una
muerte segura. De hecho, nos lleva a ser cómplices silenciosos de miles de muertes en
el mar Mediterráneo (siendo el propio gobierno el que impide los rescates de náufragos)
o partícipes del destino de miles de personas abocadas a huir de sus territorios por
conflictos originados en gran medida por Occidente.
Finalmente, la cuestión del patriarcado y la violencia estructural hacia las mujeres se
ha situado en el centro del debate social y político desde hace décadas. La lucha
feminista ha sido de las pocas que ha conquistado un escaparate mediático relevante y
cada vez más importante. Sin embargo, no ha supuesto un avance significativo en sus
reivindicaciones, sino más bien pequeños logros que animan a continuar batallando. Un
aspecto crucial ha sido la integración de la diversidad en la lucha, es decir la
interseccionalidad, pues la colaboración y cooperación de diferentes causas que
presentan objetivos comunes es un elemento enriquecedor (Association for Women in
Science [AWIS], 2019; Hernández, 2018). Los últimos acontecimientos no hacen más
que acrecentar esa necesidad, por ejemplo, en España el sistema judicial adolece de
formación en perspectiva de género, habiendo dejado a las mujeres en una situación de
indefensión y exigiéndoles hacer frente a agresiones como las violaciones grupales para
alcanzar sentencias favorables. Por suerte, sigue habiendo pequeños avances a nivel
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mundial que tratan de corregir esa indefensión: Argentina acaba de legalizar el aborto
tras el veto de su Senado en el año 2018 y México ha hecho lo propio en 2021.
En resumen, estas y otras situaciones en las que podemos pensar al referirnos a
quienes transitan en los márgenes de las sociedades, se caracterizan por la existencia
de personas a las que se les conculcan sus derechos sistemáticamente. Diferentes
tradiciones conceptuales las identifican como las personas oprimidas (Young, 2000) o
las desarrapadas del mundo (Freire, 2012). ¿Qué tienen en común? Que, en muchos
casos, caminan por los márgenes de nuestras sociedades porque es el único lugar por
donde se les permite moverse. Los ejemplos mencionados no son comparables entre sí,
pero nos dan una idea de todo lo que existe s allá de lo “normalizado” y lo perceptible,
más alde lo atendido por los sistemas, pues en los márgenes el abandono institucional
es importante, sea este consciente o inconsciente. Por eso es imprescindible, como
profesión, resituar nuestra intervención e incluso redefinirla, renombrarla. Para ello,
cabe empezar nuestro tránsito analizando cómo nos referimos a lo que hacemos, al igual
que Blanco (2006) al proponer hablar de actuación frente a intervención, como una
forma de deconstruír un concepto que denota jerarquía y que no es ni neutral ni inocuo.
Es urgente dar este paso, pues como afirma González-Rodríguez (2017) tanto las
profesionales como las Administraciones Públicas vienen usando de forma inapropiada
una multiplicidad de términos como los de discapacidad y dependencia.
La ciudadanía identifica al Trabajo Social como la profesión que atiende a personas
o colectivos en situaciones de vulnerabilidad. Consecuentemente, el avance realizado
por la profesión en España no ha llegado a amplios sectores de la sociedad que siguen
identificando como sus usuarias potenciales exclusivamente a dichas personas y
colectivos. En cambio, la disciplina ya se mueve en la universalidad de la atención a
situaciones que pueden afectar a cualquiera en algún momento, en un continuum entre
exclusión e inclusión y entre dependencia y autonomía con elementos entrecruzados
entre ambos binomios.
La garantía de que esto sea así, va a depender de factores y elementos como que el
profesional en cuestión adopte el compromiso del que hemos hablado, y de forma
consciente se resitúe profesionalmente al lado de las personas que experimentan dichas
situaciones. Las desigualdades no llegan por merecimiento personal, han sido producto
de diferentes mecanismos de reproducción del sistema, que llevan a la marginación y a
la exclusión de quienes no responden al patrón hegemónico (varón blanco heterosexual
de clase media-alta) del proceso reproductivo-expansivo.
Como proyecto ético-político transformador, el Trabajo Social no puede quedar
inmóvil ante las desigualdades ni frente a la ideología que las permite y perpetua. Por
este motivo, Zamanillo y Martín (2011) hablan de la responsabilidad política que debe
tener nuestra disciplina. Lo decimos en estos términos, de deber, de obligación, porque
lo entendemos como tal: porque sólo a través de ese deber estaremos
comprometiéndonos con las personas con las que actuamos; porque sólo a través de
nuestro compromiso seremos conscientes de nuestra situación como facilitadores de
oportunidades, como piezas del engranaje de la comunidad para, así, proporcionar una
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vía que suponga la participación del pueblo en todo momento, observar y aplaudir al
salvador o los salvadores, tal y como diría Mandela (2005). Si recurrimos a los consensos
internacionales en el seno de la profesión, el posicionamiento de la Federación
Internacional del Trabajo Social (FITS) y de la Asociación Internacional de Escuelas de
Trabajo Social (AIETS) en Melbourne en 2014 también van en esa línea, como recoge
Verde-Diego (2019).
Cualquier profesional del Trabajo Social debe compartir e interiorizar una serie de
valores que, por ampliamente conocidos, no traeremos nuevamente aquí. Sin embargo,
que afirmaremos que, entre éstos, un puñado hacen estrictamente necesario que
asumamos un claro compromiso con las personas a las que acompañamos y por
extensión, en la lucha contra el neoliberalismo que es la causa por la cual dichas
personas son acompañadas por nosotras.
Ese compromiso político hay que entenderlo como un compromiso ante nuestra
capacidad como profesionales de frontera de impulsar y promover otro tipo de políticas.
Aquellas que tienen en cuenta a las personas y sus entornos, y que facilitan la
participación y la identificación de éstas como sujeto político diferenciado. Por otro lado,
es importante concebir ese compromiso desde la asunción de la sistemática negación,
por parte del sistema, de la capacidad política inherente a las personas a las que
acompañamos. Se trata de personas a las que es necesario facilitar herramientas que
potencien sus capacidades infrautilizadas por la interiorización de una visión de
mismas que es la que le interesa al neoliberalismo. Una visión en la que lo colectivo no
tiene lugar, en un mundo altamente individualizado, donde cada cual tiene que
responder de mismo y en base a sus destrezas y capacidades normativas o
normalizadas. Un mundo en el que la diversidad es sinónimo de disfuncionalidad frente
a una concepción de la diversidad como multicapacidad.
Según Young (2000) la opresión que padecen estas personas consta de cinco
vertientes diferentes. Cinco caras tangenciales, o entrelazadas entre sí en determinadas
situaciones, que generan un estado de multiopresión sobre las personas y que identifica
como: explotación, marginación, carencia de poder, imperialismo cultural y violencia. En
ellas, de forma individual o simultánea, quedan recogidos los diversos ejemplos
mencionados, lo que les otorga validez más allá del debate que alguno pueda generar.
Ciñéndonos a una cuestión teórica y epistemológica, cada uno de ellos se puede
identificar de forma nítida al menos con una de las diferentes opresiones propuestas.
Además, la inclusión del imperialismo cultural nos lleva a la idea de que lo cultural no es
extraíble, no puede separarse ni seccionarse de lo económico y lo político (Thiong’o,
2017).
Cada una de estas diferentes formas de opresión sitúa a quienes las padecen en una
posición de subalternidad respeto a quienes las ejercen sobre ellas, independientemente
de que sean personas, entidades privadas u organismos públicos. Para combatir esta
situación, cabe ir al origen de esas posiciones sociales que se reparten de forma
automática, mediante la continua reproducción del sistema, en nuestras sociedades y
que perpetúan la subalternidad. Zamanillo y Martín (2011) lo sitúan “en el mundo de las
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relaciones del capital” (p. 98), al ser donde se producen y reproducen las condiciones
que generan desigualdad, exclusión y otras consecuencias negativas. Además, ha sido
recurrente argumentar que se ha generado una importante desvinculación de la política
por parte de la ciudadanía, lo que a pesar de los diferentes movimientos surgidos en los
últimos años no parece que sea significativo. Con todo, que cabe la diferenciación a la
que aluden las mismas autoras entre despolitización y falta de credibilidad, pues una
cosa es rechazar las diferentes políticas propuestas por los partidos que se presentan a
las elecciones, y otra bien distinta es el abandono de las posiciones ideológicas. Al final,
es lo que Netto (2008) percibe al hablar de la ineficacia de las instituciones tradicionales
de representación, que han perdido su autonomía política, ante una mayor concentración
del poder económico que produce el aumento de la concentración del poder político y su
traslación a otras esferas de decisión.
Esa falta de credibilidad o desafección política en cuanto al sentimiento de no
representación efectiva de nuestras posiciones ideológicas, se puede hilar con la
diferenciación entre el discurso público y el discurso subalterno u oculto. Éste último es
el que funciona de forma adaptativa y del que subyace un modelo de comportamiento
por parte de la subalternidad hacia quienes los dominan y subyugan, a la vez que supone
su forma de resistencia frente a ellos (Rajchenberg, 2015).
La posición subalterna a la que se ven abocadas las personas expulsadas a los
márgenes de nuestras sociedades ejerce, a nuestro juicio, una consecuencia de vital
relevancia sin importar el tipo de opresión padecida según la clasificación de Young
(2010). Dicha consecuencia, suele ser s probable en las opresiones padecidas y
percibidas a título personal como la violencia, la marginación, la explotación o la carencia
de poder. En este sentido, estaríamos hablando de una posible sexta cara de la opresión
derivada de esa situación de subalternidad, que podríamos identificar como una
anulación o destrucción emocional del individuo y, por extensión, una destrucción
emocional colectiva. Podría discutirse si dicha destrucción emocional, pudiera ser una
mera consecuencia de la marginación como forma de opresión, sin embargo, creemos
que tiene la suficiente importancia y consecuencias propias como para proponer esa
nueva categoría, teniendo en cuenta lo crucial del factor emocional en las personas y
también en los colectivos.
Así pues, desde el Trabajo Social cabe resituar la profesión al lado de quienes, en la
diferencia, han recurrido al discurso oculto como forma de resistencia y de insumisión.
Si para algo ha de valer nuestro saber técnico, es para tener la capacidad de análisis
suficiente como para detectar esos discursos ocultos. Hacerlo nos llevará precisamente
al siguiente paso de este proceso de descubrimiento: descubrir las diversas capacidades
y fortalezas de las personas que tenemos delante. Además, de la posición que como
profesión tenemos y de la percepción que hacia fuera generemos, dependerá el
desarrollo de distintos tipos de discursos ocultos dirigidos hacia el Trabajo Social como
profesión de frontera, entre las personas y las instituciones o entidades. Por este motivo,
es imperativo que adquiramos la formación necesaria para detectar esos discursos, para
poder acercarnos y acceder a sus lógicas y para interactuar y relacionarnos con las
personas y colectivos que los empleen. También, como una forma de autoevaluación
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constante de nuestro proceder profesional, pues las reacciones que causemos tendrán
mucho que ver con las percepciones que las personas con las que actuamos tengan
sobre nosotras. No basta con querer actuar desde un determinado paradigma
epistemológico, ni desde un marco ideológico concreto. Nuestras acciones deben
acompañar permanentemente la justificación ético-político-epistemológica que guía
nuestra práctica. No basta sólo con ser algo, hay que implementarlo constantemente.
En resumen, debemos tener una actitud abierta a descubrir fortalezas para que
puedan afianzarlas y sean puestas en valor. Por lo que, necesariamente, debemos
acompañarla de una actitud comprometida políticamente hablando. Sabiendo que las
profesionales del Trabajo Social “no somos superman ni superwoman (Ander-Egg,
1996, p. 37), precisamos una profunda formación en diferentes niveles: contextual,
aquello que rodea a las personas, como su propia cultura; relacional, nuestra forma de
actuar para con las personas; de inclusión, tanto económica, como de género, clase o
identidad; y de promoción de la autonomía personal y la vida independiente.
2.3. Descubrir, facilitar, potenciar
El contexto actual, como señala Grosfoguel (2016a), lleva a que “promesas racistas
demagógicas de la extrema derecha se convierten en «soluciones» atractivas para
millones de trabajadores blancos imperiales, que asocian su descenso económico con el
ascenso en los derechos civiles para las minorías racializadas y la presencia masiva de
inmigrantes” (p. 168).
Solamente a través de la política y de la transformación social será posible
desarticular el sistema que reparte carnés de subalternidad. Como disciplina que busca
la transformación social, debemos liberarnos de eurocentrismos y tener la capacidad de
valorar diferentes respuestas contrahegemónicas que se han producido a lo largo del
planeta. Estrategias que han sabido potenciar las fortalezas de la diferencia frente al
discurso uniformizador y excluyente del sistema. Se trata, por lo tanto, de huir del
extractivismo epistémico por el cual, según Grosfoguel (2016b), no se busca un diálogo
“de igual a igual entre los pueblos” (p. 38), como tampoco comprender los saberes
locales e indígenas, sino guardar sus ideas para colonizarlas” y subsumirlas en una
aparente episteme global, de supuesto valor superior o preponderante, es decir, la
episteme occidental. Por ello es necesario que el Trabajo Social se encuentre con esas
“tradiciones poscoloniales, que subrayan la centralidad de las identidades nacionales,
americanistas, populares, para confrontar con los proyectos de dominación y
perpetuación de la dependencia” (Meschini y Hermida, 2012, p. 217 citado en Silvana,
2018, p. 303).
En un mundo cada vez más globalizado, existen diferentes formas de sobrevivir en
los márgenes de las sociedades. Esas fronteras, cabe también difuminarlas para ser
capaces de vaciarnos de nuestro eurocentrismo. Llevamos a la espalda una mochila
cargada de elementos de riesgo para el acercamiento y posterior acompañamiento a
estas personas. Somos, consciente o inconscientemente, parte de un gran sistema
educativo bancarizado, que no se propone la creación de conciencia crítica, sino el mero
relleno de contenidos que a priori deben conformar nuestra enseñanza (Freire, 2012).
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Unos contenidos acordes al sistema que reproduce las lógicas patriarcales, coloniales,
racistas, segregadoras y adultocéntricas.
La educación se vuelve imprescindible para el desarrollo de los proyectos de vida de
las personas. Ahora bien, esa educación debe entenderse como la práctica liberadora
necesaria para que las personas sean conscientes de mismas y sus situaciones; una
educación de base crítica, que forme personas de conciencia autónoma e independiente
capaces de actuar y decidir a partir del análisis de su situación personal y como parte
del colectivo. No es suficiente conquistar derechos civiles, políticos y sociales, es
necesario garantizar que toda persona pueda acceder a ejercerlos, independientemente
de su condición o sus características. Aquí, la educación dialógica junto con el
intercambio de saberes son elementos favorecedores.
La realidad nos sitúa, en muchos casos, ante personas que, al no serles reconocida
su capacidad de actuación, se recluyen en los discursos subalternos u ocultos
(Rajchenberg, 2015). El Trabajo Social, una vez resituado al lado de estas personas,
ejerce sólo inicialmente un papel de liderazgo revolucionario. Un liderazgo
necesariamente temporal que sepa y pueda dar paso al protagonismo de quien se
configura como sujeto político de por sí, volviendo a erigirse como “sujetos reconocidos”
(Danel, Velurtas y Favero-Avico, 2020, p. 227). Para ello, ese liderazgo tiene que:
Estudiar seriamente (…) las razones de esta o de aquella desconfianza de las
masas y buscar los verdaderos caminos por los cuales pueda llegar a la comunión
con ellas (…) en el sentido de ayudarlas a que se ayuden en la visualización crítica
de la realidad opresora (Freire, 2012, p. 169).
Ese liderazgo debe contribuir al fortalecimiento y la visibilización de las capacidades
de diferentes personas y comunidades, romper con las lógicas productivas y
reproductivas del sistema, que expulsan a personas y colectivos a los rgenes del
sistema-mundo, que las infantiliza y despoja de su derecho a participar activamente
como sujeto político.
Es crucial abandonar la obsesión por los índices económicos como si éstos fuesen los
únicos válidos al hablar del binomio dicotómico inclusión/exclusión, y atender a las
“oportunidades disponibles para cada ser humanopues “todas las sociedades deben
promover para sus ciudadanos un conjunto de oportunidades o libertades sustanciales,
las llamadas capacidades” (Palomeque, 2014, p. 9). Así superaríamos la visión
funcionalista, de adaptación al sistema a costa de lo que sea, para centrarnos en las
oportunidades reales que dichas personas tienen, en su capacidad para decidir su propio
proyecto de vida, pues mientras tanto verán afectadas sus capacidades
multidimensionalmente, negándoles su propio desarrollo personal.
Para transformar el discurso subalterno interiorizado por un discurso público
liberador, ayuda leer a Martha C. Nussbaum, quien identifica una serie de elementos
básicos sobre los que se preservaría la dignidad humana: la vida; la salud física; la
integridad física; los sentidos; la imaginación y el pensamiento; las emociones; la razón
práctica; la afiliación; el juego; la interrelación con otras especies; y el control sobre el
propio entorno (Nussbaum, 2012). También incide en que los datos económicos no son
Interacción y Perspectiva. Revista de Trabajo Social Vol. 12 No 2 / julio-diciembre, 2022
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el mejor aliado cuando hablamos sobre educación, y mucho menos sobre calidad de
vida. De hecho, considera que es una estrategia de los modelos dominantes para centrar
los esfuerzos en el crecimiento económico por encima de todo. También la FITS ha roto
con la idea de que el Trabajo Social debe promover el bienestar económico por encima
de cualquier cosa (Verde-Diego, 2019).
Considerando importantes todos los elementos básicos para la dignidad humana
propuestos por Nussbaum (2012), nos centraremos en dos cuyas capacidades
consideramos que tienen una mayor relación con los postulados que exponemos. Por un
lado, la afiliación como la presencia de las condiciones sociales necesarias para que no
exista humillación y respeto hacia a las personas. Por otro lado, el control sobre el
propio entorno, en especial el entorno político dónde poder participar de forma efectiva
en la toma de decisiones, junto con la preservación de la libertad de expresión y de
asociación (Palomeque, 2014).
Sin duda, para facilitar la toma de conciencia y la constitución como sujetos políticos
propios a las personas oprimidas y desarrapadas de este sistema-mundo, un Trabajo
Social resituado debe primar la esfera intersubjetiva. Para ello, deben garantizarse las
condiciones que puedan favorecer y facilitar la misma como, por ejemplo: tener presente
un horizonte de auto-organización, de creación e impulso de liderazgos revolucionarios
y de diálogo y colaboración permanente. El sistema dominante ha levantado un velo
mediante el cual invisibiliza a toda una serie de personas y/o colectivos a los que deja
sumidos en “un potente proceso de individualización que conduce a la búsqueda de
soluciones biográficas para problemas sistémicos” (Abad y Martín, 2015, p. 179) o
estructurales. Garantizar esas condiciones es vital para el éxito de nuestro propósito.
2.4. Colaborar, unir (auto)organizarse
Hemos reflexionado y hecho consciente nuestra forma de interpretar la realidad, sus
estereotipos y prejuicios, sus preferencias ideológicas, políticas o religiosas, hemos
deconstruido y examinado nuestro sistema de valores para poder esforzarnos en
comprender y, s importante, aceptar (que no justificar) el funcionamiento de la
persona (Palomeque, 2014). Entonces, estamos en disposición de verbalizar y llevar a
la práctica nuestro compromiso con aquellas personas a las que les roban su voz o creen
no tenerla. Nos hemos resituado a su lado (no frente ni sobre ellas) y hemos detectado
y facilitado sus capacidades para potenciar la transformación de su situación. Estamos
predispuestas a optar por un camino que respete los pasos previos, que sea coherente
con aquello con lo que nos comprometemos. Esto es necesario, porque “lo que distingue
al liderazgo revolucionario de la élite dominadora no son lo los objetivos, sino su modo
distinto de actuar. Si actúan en igual forma sus objetivos se identifican” (Freire, 2012,
p. 170). Así que debemos huir de cualquier posible convergencia o asimilación de los
objetivos con los del neoliberalismo dominante.
En este punto, estamos en disposición de comenzar de nuevo el proceso, pero con
una mirada radicalmente distinta, con la mirada del profesional crítico o comprometido
(Abad y Martín, 2015; Verde-Diego, 2016). Una trabajadora social que ha dejado atrás
su yo normativo y/o su yo gestor, que ha decidido tomar partido, y considera
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imprescindible problematizar y, sobre todo, politizar los problemas individuales de las
personas, sean estas quienes sean, pues a nadie se debe cohibir, a nadie se debe
prohibir, y a nadie se debe silenciar para la práctica política como sujeto político de
mismo y su comunidad.
Así pues, podemos apoyarnos en la teoría de la acción cultural dialógica de Freire
(2012), basada en la colaboración, la unión para la liberación, la organización y la
síntesis cultural, conceptos que abordaremos brevemente. Mediante este postulado
podremos garantizar que el sentido pedagógico, dialógico, de la revolución que la
transforma en revolución cultural” está presente en todo el proceso, pues de esta forma
se evitaría “la institucionalización del poder revolucionario o su estratificación en una -
burocracia- antirrevolucionaria” (p. 140). Por este motivo, como profesionales debemos
tener “una actitud de acompañamiento, entendido como proceso que fomente la
comunicación y el diálogo (…), situarse en un marco circular y sistémico” (Palomeque,
2014, p. 25). Sólo así, a través de nuestra actuación junto con las personas, seremos
capaces de legitimar nuestra práctica en el día a día de cara a ellas. Sólo mediante la
coherencia entre lo dicho y lo hecho, seremos quien, de recabar el respeto y el espacio
como acompañantes de sus procesos, pues no hay que olvidar que seguiremos teniendo
nuestros vínculos institucionales lo que, sin quererlo, nos posiciona en niveles diferentes.
Hacer el esfuerzo permanente por neutralizar dichas diferencias, se consigue a través
del reconocimiento del otro y de sus capacidades, y del reconocimiento de nuestro poder
y su uso en positivo, cediéndolo y traspasándolo a quienes se ven sin él y no al revés,
siendo las profesionales del trabajo social la voz de las personas desposeídas de ella.
De esta forma, gracias a la colaboración y la cooperación tras la puesta en común de
sus intereses colectivos, tanto profesionales como las personas a las que acompañamos
coincidimos en que no existe un sujeto dominador, sino una reunión de diferentes
individuos para transformar el mundo. Es posible que, en determinados momentos, las
personas en situación de subalternidad no muestren inicialmente sus capacidades, tal
como hemos argumentado, pero cuando son conscientes de su situación se abre la
puerta hacia su propio protagonismo. Es preciso ser especialmente cautelosas de
abandonar el liderazgo temporal que asumimos como profesionales, pues como bien
advierte Freire (2012) “la adhesión conquistada no es adhesión, es sólo adherencia del
conquistado al conquistador a través de la prescripción de las opciones de este hacia
aquel” (p. 171). Así pues, debemos “aumentar el poder y la influencia de las personas
para las que trabajamos, evitando dependencias y cronicidades” (Palomeque, 2014, p.
24).
Mediante la unión para la liberación, hay que ser conscientes en todo momento de
las dificultades existentes al estar bajo el influjo del poder dominante, quien ejercerá
toda su influencia para evitar cualquier unión popular que pueda perjudicar sus
intereses. Nuestra función es unir a las diferentes personas y colectivos entre sí, a la vez
que generar un vínculo entre el conjunto y nosotras, lo que Freire (2012) denomina una
comunión. Para ello, es necesario facilitar el porqué y el para qué de su paso colectivo,
ya que no valen los eslóganes vacíos de contenido. Tampoco debemos separar “lo
cognoscitivo de lo afectivo y de lo activo, pues son indisociables” (p. 177).
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Toda vez que ya estamos en predisposición colaborativa, en la que además hemos
sido capaces de fomentar la unión para la liberación de las desarrapadas y oprimidas de
este sistema-mundo, cabe avanzar hacia la (auto)organización. El paso siguiente a la
unión, pues el hecho de buscar la unión frente a algo es también la búsqueda de la
organización ante ese algo. En esta labor, es primordial el mensaje, el diálogo constante
entre los sujetos y por parte del liderazgo temporal, que debe estar impregnado de
coherencia entre palabras y hechos, de valentía humanista para luchar por la
transformación de este mundo, así como de la creencia en las personas y en sus
potencialidades. Además, es muy necesaria también la osadía con la que correr riesgos,
de los cuales Freire (2012) identifica el de no lograr siempre, o de inmediato, la
adhesión esperada” (p. 180). Al mismo tiempo que anuncia que no quiere decir que por
un aparente fracaso, no vaya a dar sus frutos, pues estamos hablando de contextos
sociales que por definición son dinámicos, nada se detiene.
En último lugar, estaríamos en disposición de realizar una síntesis cultural, ya que
los diferentes tipos de acción cultural inciden sobre la estructura social para perpetuarla,
modificarla levemente o transformarla. Si es dialógica, como proponemos, entonces
pretenderá superar las contradicciones para lograr la liberación de la humanidad frente
a la búsqueda de la perpetuación de los privilegios. En la síntesis cultural “los actores no
llegan al mundo popular como invasores (…), vienen para conocerlo (…) no para enseñar,
transmitir o entregar algo” (Freire, 2012, p. 184). Es, por lo tanto, una forma de
confrontar la cultura dominante que reproduce las estructuras que privilegian a unas
personas sobre otras. Esta opción se constituye como una herramienta para superar la
cultura “alienada y alienante”, pues “toda revolución auténtica, si es auténtica, es
necesariamente una revolución cultural” (p. 185).
3. Conclusiones
Hemos puesto de relieve la situación actual de nuestro contexto político, con un
sistema caracterizado por el neoliberalismo económico e ideológico que lo impregna todo
y busca de forma estratégica perpetuarse. Ante esta situación, desde el Trabajo Social
debemos reflexionar acerca de nuestro papel individual, profesional y colectivo, pensar
cuáles son las personas a las que prestamos nuestros servicios y con qué objetivo, para
nosotros: su empoderamiento, la mejora de su calidad de vida y de su bienestar
individual y social.
Siendo conscientes de las múltiples influencias y poderes que en el día a día emergen
dificultando llevar a cabo dicha reflexión, proponemos el siguiente recorrido: 1)
comprometerse, 2) resituarse, 3) descubrir, facilitar y potenciar, y 4) colaborar, unir y
auto(organizarse). Con afán propositivo, abrimos el debate para la mejora de este
trayecto que, creemos, es coherente con la situación actual de la disciplina para el
contexto histórico-político que estamos viviendo.
Entendemos que el Trabajo Social debe analizar cuál es su punto de partida, para
comprometerse políticamente y tomar partido por las personas desarrapadas y
oprimidas que resisten, indefensas e invisibilizadas, mediante discursos ocultos, lo que
nos recuerda que:
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El Trabajo Social tiene una naturaleza, (…) que está condicionada por las
coordenadas de tiempo y espacio que van resignificando sus elementos constitutivos.
Esto conlleva que si los condicionantes socio-históricos cambian, correlativamente lo
hará la naturaleza socialmente condicionada del Trabajo Social (Abad y Martín, 2015, p.
180).
El momento histórico que vivimos no permite que desde la profesión no tomemos
partido tanto ética como ideológicamente por las personas a las que nos debemos, por
ello debemos resituarnos a su lado, revitalizando sus capacidades ocultas bajo el yugo
del sistema dominante que las empuja a los márgenes del sistema-mundo moderno.
Además, debemos prestar atención a nuestras capacidades y habilidades para intuir,
detectar y hacer emerger, mediante su empoderamiento, las capacidades y la toma de
conciencia por parte de estas personas, para iniciar un camino de reconocimiento mutuo
y de crecimiento y (auto)liberación en el que actuemos como facilitadores de dicho
proceso. Por el camino, queda pendiente profundizar en conceptos que consideramos
necesarios por su importancia, como lo son las emociones y la capacitación emocional
de quienes viven en la subalternidad, pues constituye uno de los elementos clave de su
tránsito hacia una ciudadanía sin intermediarios.
Por último, debemos de ejercer, cuando sea necesario, un liderazgo provisional desde
esa subalternidad hacia la liberación y la constitución como nuevos sujetos políticos de
aquellas personas que han decidido dar el paso de la colaboración, la unidad y la
organización de sus diferentes capacidades frente al sistema que les niega su
participación en la toma de decisiones.
Como profesión que mantiene un compromiso ético-político debemos reflexionar
sobre qué medios y para qué fines, porque quizá “si el ser consecuente es un fracaso,
entonces la incongruencia es el camino del éxito, la ruta al Poder. Pero nosotros no
queremos ir para allá. No nos interesa. En esos parámetros preferimos fracasar que
triunfar” (Marcos, 2014).
Agradecimientos
BRL agradece al Ministerio de Universidades del Gobierno de España su financiación
a través del contrato predoctoral FPU20/06120
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