Volumen 34 No. 2 (abril-junio) 2025, pp. 200-203

ISSN 1315-0006. Depósito legal pp 199202zu44

DOI: 10.5281/zenodo.15127920

EPELE, María. y GUBER, Rosana. (2019) Malestar en la Etnografía Malestar en la Abtroplología. IDES. Buenos Aires. Pp. 180

Desde diferentes perspectivas teóricas, orientaciones críticas, rastreos genealógicos, cuestionamientos epistémicos, giros ontológicos, interpelaciones políticas y cartografías estéticas, la etnografía se revisita y revisa como método en general, como modo de trabajar en el campo y respecto de la escritura. Con este movimiento de revisión permanente, se viene actualizando, también, la interrogación acerca de las relaciones entre la antropología y etnografía. La expansión del método etnográfico a otras disciplinas sociales; la creciente complejidad de los escenarios sociales vinculados al avance del capitalismo neoliberal, la diversificación de las lógicas de dominación y la multiplicación de violencias han sacudido la etnografía como lugar bucólico y exploración naturalizada de recolección de datos. Además, la denominación de etnografía a tipos de investigaciones que exceden a la tradicional observación participante; y la reducción casi minimalista del trabajo etnográfico resultado de la demanda de incremento de producción académica, han cuestionado a la etnografía como refugio identitario o régimen de facticidad propio del quehacer antropológico.

A diferencia de estos problemas, de cierta manera clásicos y que acaparan la atención en los debates y producción académica a nivel global, este libro busca problematizar la etnografía a la luz de un repertorio heterogéneo de malestares vinculados a trabajar antropológicamente las realidades sociales de nuestra región. Este análisis, sin embargo, no consiste en profundizar las características locales de las disputas globales. A través del examen de estos malestares, se busca esclarecer, o al menos explorar y comenzar a enunciar algunos de los motivos por los la etnografía antropológica, no siempre se ha convertido en sinónimo de replanteo de las certezas temáticas, pensamiento crítico o debate académico y público. A quienes participaron en este libro los convocó la sensación de que en las etnografías quedaba aún demasiado territorio desconocido, por examinar, revisar e, incluso, inaugurar. Las autoras provienen de diversos equipos, instituciones, lenguajes y líneas de trabajo. Esta particularidad hacía posible abrirse hacia y entre territorios temáticos y teóricos escasamente transitados en los habituales debates de conferencias, congresos y seminarios. Se encontraron para exponer, dialogar y pensar sobre ciertos malestares y modos de “mal-estar” que emergen de etnografías, realizadas desde orientaciones y sobre temáticas que nos interpelan de formas diversas. Teniendo este horizonte general, se puede decir que los malestares en este texto emergen y son modelados al ritmo de la investigación de ciertos problemas: las genealogías académicas locales, las coordenadas socio-culturales, las economías de marginación y desposesión que el capitalismo periférico produce. Al estar hechos de la materia misma de las vidas que vivimos y convivimos, durante los prolongados períodos de tiempo que insumen las etnografías, estos malestares conmueven lo familiar y cercano, y abren otros modos de entender y entendernos. Además, estos malestares nos interpelan, inevitable y continuamente, desde adentro hacia afuera, por la corporización progresiva de nuevas miradas, otras sensibilidades, preocupaciones ajenas, sufrimientos silenciosos, otras sujeciones y desafíos materiales de las condiciones de vida, del bienestar y de la supervivencia en general. Así, estos malestares participan de la textura misma de nuestros modos de vivir, entender y trabajar en el quehacer etnográfico. Estos modos de mal-estar son locales y mínimos, es decir, se ubican en los umbrales mismos de su existencia, en la posibilidad de su reconocimiento y de su expresión oral o escrita. Es decir, se manifiestan en una primera instancia como pequeñas incomodidades, ya sea con la producción propia o ajena, gestos sutiles de des-acuerdo, movimientos que involucran modos de posicionarse casi imperceptibles para sí o para otros, experiencias y emociones que se resisten a la fácil categorización experta localmente legitimada. También, se expresan en aquellos sentimientos encontrados entre los materiales etnográficos y los modos dominantes de entender las temáticas investigadas; temor a decir algo equívoco y en voz alta, en los cambiantes y pendulares contextos histórico-políticos plagados de acontecimientos que atraviesan nuestras vidas. Desde esta perspectiva, el encuentro “mal-estares en etnografía” viene a ser una suerte de segunda instancia, es decir, consiste en la problematización en términos explícitos etnográficos y académicos, aquellos modos particulares de mal-estar de la investigación antropológica en nuestras realidades sociales. La cartografía de los mal-estares en el puede organizarse de acuerdo con diferentes zonas de intensidad en las que confluyen diferentes trabajos que se pueden sistematizar en las siguientes dimensiones. En primer lugar, encontramos ciertos malestares vinculados a algunas nociones pertenecientes a paradigmas universales y transhistóricos que se corresponden con las orientaciones dominantes en Antropología y Ciencias Sociales. Mientras que, por un lado, se esfuerza y busca revitalizar y poner en valor dichas nociones teórico-políticas, por el otro, se padece la pérdida de representatividad, eficacia y vaciamiento del contenido de dichos conceptos, respecto de los procesos y realidades sociales actuales. En segundo lugar, encontramos los modelos de inteligibilidad relativos al capitalismo contemporáneo y la colonialidad en las regiones del sur global. Los procesos del capitalismo, en ciertos casos, hablan de los contextos económicos, políticos y culturales que generan múltiples malestares, y en los que viven tanto las poblaciones que generan múltiples malestares, y en los que viven tanto las poblaciones como las antropólogas que trabajan en ellas. En otros casos, estos procesos incluyen desafíos particulares, ya que pueden atravesar y ser reproducidos en las mismas investigaciones antropológicas (desigualdad, extractivismo, mercantilización y apropiación del sufrimiento de otros, reducción de la diferencia a lo mismo). En tercer lugar, se encuentran aquellos malestares relativos al proceso de conceptualización en el desarrollo del trabajo de campo y de análisis de los materiales etnográficos. Mientras que los malestares emergen de los malentendidos y equívocos, como puertas de entrada para que las categorías exóticas modifiquen las nuestras y nuestros modos antropológicos de entender en general, en otros casos surgen de la des-naturalización de nuestras categorías para acceder a aquellas “nativas” en el hacer exótico lo cotidiano. En cuarto lugar, están los malestares que se producen al hacer confluir agendas académicas y problemas de los propios conjuntos sociales ya organizados, en etnografías colaborativas; cuando en otros casos surgen de tratar de determinar las características de ciertos conjuntos sociales revisando, al mismo tiempo, si son susceptibles de ser considerados “conjuntos sociales” de ciertas poblaciones.

En quinto lugar, hay todo un repertorio de “mal-estares” que atraviesan el trabajo colaborativo entre antropólogos en grupos de investigación o en actividades académicas en general. Por un lado, las etnografías realizadas en grupos se corresponden con un trabajo colectivo, registros empíricos y trabajos de interpretación grupales que hace difícil recuperar la autoría individual, instrumento de registro y cuantificación de las actividades académicas. Por el otro, en aquellos estudios que asumen momentos, etapas o eventos públicos o colectivos, se producen ciertos malestares en el sentido opuesto, es decir, en domesticar algo individual, original o innovación en las perspectivas existentes, en algo compartido, colectivo, ya sea por asimilación a lo existente o dilución de la diferencia a lo ya conocido. Por último, nos encontramos con los modos de alineamiento, es decir, la subsunción de las etnografías particulares respecto de los modos dominantes de problematizar y textualizar ciertas temáticas. Mientras que hay malestares vinculados a la producción de alineamientos, a través de lógicas pastorales u orientaciones académicas dominantes, en otros casos, los malestares se producen por el investigar a contracorriente, desde perspectivas minoritarias, abiertas e inciertas, que buscan asumir los niveles de complejidad que se corresponden con aquellos de las realidades investigadas. Partiendo de este mapa general, la organización de los capítulos del libro busca guardar cierta correspondencia con la secuencia de los diferentes cierta correspondencia con la secuencia de los diferentes momentos del proceso de investigación: trabajo de campo, registro, análisis, escritura, presentación y exposición. Además, cada capítulo del libro privilegia el análisis de un malestar de ese repertorio y que adquiere visibilidad en un área temática específica: pareciera que estos malestares empujan para ganar el estatuto de problema del quehacer etnográfico en nuestra geografía académica y territorial. En la primera parte, se concentran aquellos capítulos que focalizan en malestares y problemas en el desarrollo del trabajo de campo.

Rompiendo el modelo tradicional “un antropólogo, un campo”, se problematizan los malestares y desafíos relacionados con la copresencia de investigadores, y la producción colectiva del conocimiento antropológico. Para finalizar con estas geografías de filos y aristas académicas e invitar a la lectura de este libro, es necesario decir algo más, no muy complejo ni muy sistemático, no muy disciplinar ni muy rupturista, ni muy largo. De alguna forma, el espíritu de este libro busca ir transformando aquellas zonas de intensidad de mal-estar en otra cosa diferente del “mientras que”, “por uno y otro lado”, “en algunos casos y en otros”. A través del encuentro y su textualización, se hace evidente que todavía nos hacen falta otras lógicas, expresiones, gramáticas con otros acentos, silencios y espacio, que hagan posible el nexo “y” en vez del disyuntivo “o”, las transformaciones con contradicciones y en el tiempo, el “también”, los acordes y armonías hechas con diferentes ritmos y notas. De este modo, hablar de nuestras etnografías en términos de “mal-estares” no sólo busca devolverlos a las realidades, cuerpos y contextos de vida locales del que emergen, tratando de eludir tanto su patologización como su globalización, como ya hemos señalado. Además, reconoce en estas incomodidades menores una fuente continua, un flujo inagotable y poderoso que nos empuja a encontrarnos, exponernos, hablar, escuchar, sentir, mover, actuar, escribir, presentar, disentir y preguntarnos sobre los modos de producir y habitar espacios académicos y cotidianos que nos despierten y promuevan las mejores versiones de nuestras etnografías, a la luz siempre, aunque a veces nos enceguezca o intimide, de las miradas de otros y otras.

IDES.

Buenos Aires, Argentina.